20 de juliol 2010

El banco (un cuento de verano)


EL BANCO

Hay un banco en un rincón del parque del que dicen cosas extrañas. El parque es un lugar de juego, de relax, donde reponerse en un día caluroso, bajos esos tupidos árboles que los niños, a menudo, convierten en seres mitológicos o fantasmas de los que huyen en sus alocados juegos.
El banco del rincón era especial: un solitario sofá de piedra gris, con antiguas cenefas medio borradas, yacía esperando las posaderas más diversas que quisieran posarse en él: aquellos que buscaran el lugar más tranquilo y aislado del parque donde relajarse, reflexionar, observar sin ser vistos o dedicarse a actividades menos públicas. Por sus características, y por el espejo follaje del fantasmagórico sauce que lo escondía, solía ser el banco menos transitado del parque. Sólo los habituales al recinto o los especialistas en rincones más apartados sabían y apreciaban su existencia. Casi nunca había más de una persona sentada en él y cuando esto ocurría dicha multiplicidad se debía a fines poco claros: fogosos amantes que se regalaban furtivas caricias, adolescentes que robaban el primer beso de chicas ingenuas o en las horas de menos afluencia, camellos de pacotilla que intercambiaban papeletas o pastillas por un par de billetes y, por las noches, algún mendigo que se colaba en el parque solía usar el banco como cama de piedra. Todo en aquel rincón solitario era rápido, furtivo, casi ilegal.

Aquel banco gris del rincón, desteñido por el paso del tiempo y las inclemencias climáticas, podía llenar miles de páginas con sus historias, de esas páginas que mejor era destruir que guardar, no habría nada en ellas que mereciera la pena recordar: parejas de amantes que engañaban a sus respectivos cónyuges, prostitutas que habían hecho algún servicio “ligero”, camellos que vendían sus productos o la multiplicidad de extraños objetos que aparecían abandonados a su suerte sobre su asiento: pendientes, guantes o calcetines sin pareja, baterías gastadas, alguna moneda de tan escaso valor que ni su dueño se molesto en devolver al bolsillo por tan nimio valor, los céntimos de la miseria que parecen engendrar más miseria, una vez hasta habían unos dientes postizos en el banco. El banco solitario bajo el lánguido árbol llorón que lo cubría parecía el almacén de los objetos desparejados y sin valor. No tenía historias alegres, de juegos alegres como las que presenciaban a diario los bancos centrales del parque que rodeaban el estanque. El triste banco gris apartado y solitario era el refugio preferido de las gentes grises y solitarias que parecían estar atraídos a éste como un imán.

Aquella semana el banco estuvo más frecuentado que nunca. Era extraño ya que en agosto, la ciudad quedaba casi vacía, los niños preferían otros lugares más veraniegos en los que divertirse que no el calor y aridez de la zona de juegos del parque. La escasez de público había propiciado que incluso años atrás las autoridades habían cerrado el parque por vacaciones, con la excusa de evitar las molestias y accidentes que pudieran provocar las eternas obras de los bloques nuevos que construían en los terrenos adyacentes al recinto. Así, el ayuntamiento pretendía incentivar otras zonas económicas de la ciudad y salvaguardar las instalaciones del parque para que en la época de colegio estuvieran en perfecto estado, pero ese año habían optado por dejarlo abierto para evitar las quejas de la constructora que aseguraba que los vendedores paseaban a sus posibles clientes por el parque después de haberles ofrecido la visita al piso de muestra para intentar incentivar la venta con un entorno tan ideal para las familias. Parecía una estrategia acertada, ya que algunos de los clientes se encontraban en el parque donde comentaban la excelente situación y las cualidades del piso de muestra, mientras se imaginaban viviendo en aquel bonito entorno donde sus hijos jugarían con los hijos de la encantadora pareja de vecinos que tendrían en el rellano. Fantaseaban mientras se conocían como si fueran ya vecinos de hecho. Poco se imaginaban que aquel entorno era años atrás una zona marginal de la ciudad que debido a su imparable crecimiento la había absorbido y ahora pretendía ser una zona exclusiva para familias de clase media. La situación económica del país parecía estar reflotando por lo que ahora era el momento ideal para invertir a pesar de quedarse sin viaje de vacaciones.

Esa semana la temperatura en plena canícula era insoportable. El calor parecía especular con la gente, la naturaleza y la bolsa todos luchando por sobrevivir. Allí estaba el triste banco de piedra del rincón, bajo la espesura del sauce llorón, que parecía regalar un remanso de frescor y tranquilidad, en aquel extremo del parque, al que no todos se atrevían a acudir por su alejada situación de las zonas más frecuentadas y seguras. La gente parecía preferir la seguridad de un banco central a pleno sol que la frescura y tranquilidad del banco marginado: “prefiero morir de calor que de un navajazo”, ¡cómo es la gente!.

A Genaro no le importó la situación recóndita de dicho oasis, al contrario. A sus 78 años y habiendo vivido una guerra y una posguerra recibió aquella paz y aquel frescor como un regalo divino, se sentía como en el cielo. Últimamente los fantasmas de su pasado le perseguían constantemente y en aquel escondite parecía haberles despistado. La brisa que soplaba le hizo pensar en María, su amada María. Ojalá viera su batita de flores mecerse por este vientecillo una vez más, pensó, pero eso no sería ya posible, le había dejado hacía un par de semana. La tristeza del recuerdo le hizo marcharse de allí y los fantasmas se fueron con él.

Ana pensó en los días felices en los que su hijito de cinco años le pedía que se escondieran tras aquel banco para esperar a su papá: “Escondámonos allí, mamá, papi no nos verá y le daremos una sorpresa cuando se acerque a buscarnos”. Maldito cáncer, pensó Ana, la hora del almuerzo había concluido. Guardó nuevamente su fiambrera con la comida intacta en el bolso y volvió al trabajo, reprimiendo enormes ganas de llorar.

Pepita recordó cómo le gustaba aquel árbol a Sara. A su hermana le fascinaba que aquel árbol tan espectacular tuviera un nombre tan triste, Llorón. A ella, la disposición de las hojas en sus largas ramas le recordaban un collar de piedras preciosas que había visto en la protagonista de aquella película antigua que ella misma bautizó como “la película del collar llorón”. Pepita miró, por última vez, aquellas ramas moverse y pensó que sería Sara desde el cielo que la saludaba y se abrazó fuertemente al bolso. Se sintió mal por no obedecer la última voluntad de su hermana, que de hecho era una locura: le prometió que, cuando llegara el momento, enterraría sus cenizas bajo su querido llorón del parque, aún sabiendo que la ley de espacios municipales lo prohibía. Con enorme tristeza Pepita miró, por última vez, el sauce y se levantó para coger el tren que llevaría a las dos hermanas al pueblo que las vio nacer, donde esparciría las cenizas de Sara que llevaba contenidas en un receptáculo dentro de su bolso.

Manuel recordaba a Félix como un bohemio romántico y un poco loca. Su fuerza vital le había atraído desde el primer momento, lo suyo era pasión. Había vivido a tope y ahora había muerto por culpa de ello, pero feliz. En aquel banco le dio su primer beso. Recordó como los grises casi les pillan in fraganti por lo que el primer beso robado fue, al mismo tiempo, en cierto modo, una rebeldía al dictador. La pareja se deleitaba en explicar una y otra vez a sus amigos aquel primer encuentro sexual, con la sobreexcitación de poder haber sido descubiertos por la autoridad practicando actos ilícitos en la vía publica. Aquella explosión de sexualidad y desafío juvenil les llevó derrochar lo poco que llevaban en los bolsillos para pagar un cuartucho, de una pensión cochambrosa del barrio chino, y disfrutar en paz de su travesura de juventud, lejos de miradas inquisidoras y otras peores consecuencias. Tanta excitación y su inexperiencia les había llevado a calificar el primer polvo de “annus horribilis”. Félix, maricón, qué ocurrencia, pensó Manuel, riéndose para sus adentros, cuando una inmensa pena le invadió al recordar que acababa de perder a su amor para siempre, víctima del Sida, contra el que habían luchado juntos desde lo que le parecía una eternidad. Los dos días que llevaba sin él le fueron insoportables, el malestar le alejó de aquel triste frío gris y solitario banco, su antaño fogoso banco de los recuerdos sobre el que solían rememorar cada año aquel encuentro feliz.

Diana recordaba, con claridad, el fatídico día en que aquellos policías llamaron a la puerta del piso de su abuela para decirles que sus padres habían muerto en un accidente de coche. La pequeña, al oír la noticia, bajó los escalones corriendo, atravesó el parque, con los ojos llenos de lágrimas, y descargó su rabia en aquel asiento de piedra solitario del alegre parque donde solían llevarla sus padres a jugar, después del colegio. Al pasar por allí aquella mañana calurosa y sentarse bajo aquél espeso sauce llorón, revivió claramente aquel día en su cabeza como si fuera una película. Los viajes y las drogas no le habían servido para nada, en las noches aún se despertaba gritando creyéndose en un banco gris, frío y solitario que no conseguía ubicar, las casualidades de la vida, el destino o su subconsciente le habían guiado, nuevamente, hasta allí para exorcizar los demonios. Pero le perseguían y observaban y, finalmente, la acecharon, pagó la papeleta y pensó que pronto estaría en su habitación de la pensión colgada de las alas de Lucifer, como solía llamar a los chutes cósmicos que se pegaba y que, en más de una ocasión, la habían llevado a urgencias. Cuando se reponía se juraba que nunca más lo haría, hasta que volvía a tener la próxima pesadilla: los agentes nacionales llamando a la puerta de su abuela.

El banco gris de piedra fría, con cenefas descoloridas, del rincón del parque era como un imán de desgracias, la gente hablaba y decía que si la piedra con la que lo habían construido pertenecía a edificios destruidos por la guerra o a un viejo panteón del cementerio. Nadie sabía del cierto de donde habían sacado las piedras para hacerlo pero lo cierto es que el aspecto era más parecido al de una tumba que al de un banco: atraía la desgracia, la soledad y la muerte. Él mismo sabía que era un banco gris, frío y solitario, sin alma, ni comodidad que ofrecer.

Pedro era un hombre gris pero feliz y estaba en la flor de la vida en sus 45 años, a pesar que le gustaría haber sido más alto, menos miope y con más pelo. Malditos genes, pensó, por una parte te quitan pero por otra te dan. Sus padres al igual que sus abuelos murieron pobres pero felices a sus respectivos, y muy respetables, 102 y 94 años. Pedro se lamentaba de no tener más facilidad de palabra y más don de gentes, culpa que atribuía también a los genes. A pesar de no tener muchos, por no decir ninguno, ni novia ni perspectivas de mejora de ningún tipo: ni de relación, ni de atractivo, ni de sueldo, ni de responsabilidad, llevaba una vida justa pero cómoda, a él ya le estaba bien. No pretendía, ni deseaba nada más. Su trabajo de contable le mantenía distraído y las obligaciones eran las mínimas. Su frase preferida, en aquel banco del parque, sonó un poco rara en su cabeza: menos da una piedra. El sabor del pan oleoso de su almuerzo y aquel asiento de piedra le recordaron su niñez en el pueblo, en el colegio de los jesuitas, cuando los niños le tiraban piedras a la hora del recreo y el padre José le consolaba diciéndole esa frase estúpida: “menos da una piedra” mientras él pensaba:¿Si?,¡Pues a mí me dan todas!. Mientras recordaba aquellos días devoraba su almuerzo con una rara calma, podría haber comido más deprisa como otros días para tener tiempo de ir a tomar el café al bar de la esquina y ojear el diario deportivo. El bocadillo de atún se le hacía pesado, insípido. No le gustaba: era oleoso y a trozos jascos le irritaba el gusto de pez y sal que desprendía, pero era barato y rápido de hacer, aburriéndose de masticar aquella goma de pan oleoso se acordó de la abuela Consuelo, que prefería el atún a los bogavantes, según decía, cuando se peleaba por morder un bocadillo de atún con los pocos y gastados dientes que le quedaban, usando un tonillo para convencer y disimular que nunca había probado tal exquisitez. Pedro estaba a punto de dar los últimos mordiscos al bocadillo cuando de golpe sintió la opresión en su pecho, tras unos segundos de intenso dolor y asfixia, agarrandose al bocadillo como un náufrago al salvavidas, balbuceó “piedra”. Cuando el bocadillo, o lo que quedaba, tocó el suelo, él ya yacía en su cama de piedra del rincón del parque abrigado por la sábana de ramas de hojas lloronas. Estaba sólo y murió sólo. Cuando levantaron el cadáver parte del banco se desprendió, partiéndole en dos.

El banco solitario de piedra fría del final del parque no pudo soportar más la fría soledad. De la tierra lo hicieron y a la tierra volvió, polvo al polvo y cenizas a las cenizas.

Dicen que la fuente de piedra fría y solitaria que yace escondida bajo un llorón en un rincón ignoto del parque, a veces deja caer gotas que parecen lágrimas, llora por un banco de piedra frío y solitario que se desplomó y con cuyos cimientos construyeron la fuente. La gente que de ella bebe suelen ser gente solitaria, fría y perdida, que a veces practican actividades un tanto dudosas…

2 comentaris:

Erato ha dit...

Intenso.Entrada magnífica.Me encanta tu estilo, lo que cuentas y cómo lo cuentas.Me fascina tu alternancia de las lenguas.Buen blog para venir a disfrutar con los sentidos.Amenazo con volver.Un abrazo

Marinel ha dit...

Un cuento trise en verdad...
Quizá si hubiesen colocado el banco en un lugar rallado por el sol,rodeado de arbustos de perennes flores y pájaros cantarines revoloteadores, la fuente de la soledad no habría cobrado vida...
Muy bonito,de verdad a pesar de la tristeza que guarda.
Un beso.