04 de febrer 2011

"ESCENOGRAFIA URBANA" un ejercicio de desdoblamiento


Como cada jueves la excitación por el evento de la noche iluminaba mi día, le quitaba necedad. La excitación iba creciendo a medida que se acercaba la hora. Sí ya sé que debería estar acostumbrada a ello pues cada jueves era el mismo espectáculo. Un día gris, aburrido y largo contando los minutos y los segundos que quedaban para ir al teatro. Ese era el gran momento de la semana que compensaba todo lo demás, arreglaba lo malo y superaba con creces lo bueno ocurrido hasta el momento.

Toda la semana era un suplicio y el jueves parecía domingo de lo que tardaba en llegar pero por fin hoy era el día. Me arreglo bien, mudada pero sin pasarme pues el decoro marca que no podemos ir vestidos durante el día como si saliéramos de noche pues se ve raro. De acuerdo, taimo la emoción con un vestido sobrio pero elegante, sólo lo justo, un maquillaje suave que me encargaré de retocar y acentuar antes del gran momento, Soy una chica tímida, de aspecto austero y belleza clásica. No quiero que nadie note en mi el cambio, el momento es mío, me lo dedico, me lo merezco así que trataré de comportarme y no llamar la atención y sobretodo de no decírselo a nadie. Me moriría, me duele callarlo pero es más dulce guardarlo sólo para mí. ¡Cómo me cuesta guardar una bomba dentro de la caja un a vez empieza a sonar el tic-tac!. Lo prometí y lo mantengo sólo para mí.

En la hora del almuerzo busco un rincón tranquilo y me dejo llevar por mis ensoñaciones. Imagino la gente, la excitación previa, los nervios del equipo. Imagino los decorados, la música, el vestuario y a los actores desearse buena suerte al modo teatral; o sea: ¡mucha mierda!. Menuda expresión, quien la inventaría, algún mala pata desafortunado que luego vio cambiar su sino a mejor, por descontado. Qué suerte tienen algunos, tener esa alegría que hace capaz a uno de convertir el agua en vino, lo malo en bueno. Positivismo, una gran corriente muy maltratada por la historia del pensamiento. Quizá siendo más positivos no necesitaríamos eludirnos de nuestras responsabilidades con excesos y otros vicios. O quizá sí. De nuevo al trabajo, sólo tres horas más y la noche será mía. Aguantaré.

Es la hora, finalmente entro y ocupo mi lugar en la platea. Muy cerca, tan cerca como permite el aforo y el nivel del escenario. No quiero distracciones, me abstraigo y entro en trance. Me fascina el teatro. Gracias Esquilo, Sófocles y Eurípides por este regalo. Negro. Acto primero, acto segundo, tercer acto. Es una obra singular, un personaje singular. Experimento una fuerte catarsis: yo me fundo a negro y Ella sale....


Se acabó. Vuelta a la realidad. Aún estoy flotando, la tensión dramática recorre mis venas. Ando sin darme cuenta, he perdido toda referencia y me encuentro sola rodeada de extraños esperando el mismo transporte. Tarda. Soy inmune al frío de la noche, a la gente, a la locura de la ciudad, aun me encuentro suspendida en el aire, en la trama. No reconozco mi mundo.

Llega el autobús, encuentro un asiento al lado de la ventana. Magnífico, las luces y los sonidos dominan mis sentidos. Oigo una voz, insiste en hablarme, me giro y veo a un a mujer haciéndome señas, me habla pues mueve los labios, una mujer extraña, loca. Viste como un hombre, lleva el pelo como un hombre, ya es vieja como revelan los surcos de su rostro pero su pelo no es gris. Bruja, Bacante. Me quiere perder, sus palabras son gruñidos que se van alterando, parece que me maldice, no entiendo nada de lo que sale de su boca. Habla la lengua del demonio, loca, bruja. La ignoro, me doy la vuelta. En el espejo me sigue un rostro. Me mira fijamente, un rostro gris, desconocido, de una mujer que se parece a mi, me recuerda a mi madre, a la madre de mi madre, a mi hija que nacerá algún día. La mujer me mira, me sigue con la mirada, imita mis movimientos, se burla de mí. Vuelvo la cara hacia el pasillo, la mujer de antes se ha sentado en otro lugar que ha quedado vacío. Lee. Me siento aliviada, el demonio me ha dejado en paz, malditas brujas.

De repente oigo unos golpecillos en el cristal, me vuelvo y allí está esa imagen que me persigue, ese rostro conocido, la veo, me veo. La silueta empieza a hacer gestos impúdicos, empieza a gritar, a patalear, lanza maldiciones, grita, llora, arma un gran escándalo. Me hundo en mi asiento, la vergüenza me ruboriza, el corazón empieza a latirme fuerte, fuerte, parece que se vaya a salir de mi pecho. Pecho muerto, pecho muerto de piedra en el que no siento nada. Ahora a visión de esta mujer loca me perturba, me agita viejos demonios, visiones maléficas, malos sentimientos que había enterrado, el corazón late cada vez más deprisa causando un enorme estruendo en mi pecho hueco. De pronto en mi mente veo visiones horrendas de niños muertos, hombres malvados, guerreros sedientos de sangre y cegados por la ira. Mujeres. Mujeres que bailan en la hoguera donde arden las cabezas de los bravos soldados y una mujer que se alza por encima de ellos pisando los cráneos inertes. La mujer es vieja su rostro me es conocido el odio invade mi ser y golpeo con fuerza el cristal. La mujer agoniza, pero antes de morir susurra mi nombre: “Electra”.


© Carme Folch, 2011.

2 comentaris:

rivas_manuel70 ha dit...

Molt bo Carme, de nou felicitats, m'ha agradat molt ¡¡ un petó ¡¡¡

Robert ha dit...

Normalmente es un placer leer tus escritos, pero en este caso el placer ha sido mucho más intenso. Sigue deleitando a quienes te leemos.